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TANAUSÚ

Príncipe Soberano de Aceró.  En sus estados fue invencible, siendo víctima de engaño para poder ser conquistado.

ORIGEN DE TANAUSÚ, PRÍNCIPE GUANCHE DE LA ISLA DE LA PALMA

El círculo de Aceró (que hoy llamamos Caldera) era el más incontestable de todos los reinos, y su príncipe, llamado Tanausú, supo aprovecharse tan prudentemente de esas ventajas, que fue el último terreno de la isla que se rindió a las armas españolas, después de una defensa desesperada.

A pesar de que los príncipes soberanos aborígenes eran aliados entre si y tenían pactos de familia, nada bastó para hacerlos moderados en sus resentimientos. Se conservan memorias de la guerra que Echentive, soberano de Ahenguareme, hizo a Mayantigo, príncipe de Aridane, por ciertas bagatelas, como sucede aún en los rompimientos más ruidosos.

Echentive era valeroso, sin embargo carecía del brazo izquierdo, defecto con el que había nacido y que desmentía con sus hazañas.

Así, habiendo marchado a la cabeza de sus huestes, dio una batalla tan brava, que Mayantigo salió malherido de un brazo. Se dice, que observando que la gangrena le iba ganando todo el miembro, él mismo se lo cortó por el codo, no tanto para salvar la vida cuanto para vengar la gloria de sus armas; y que apenas salió repuesto y en disposición de salir a campaña, buscó al enemigo y auxiliado de su hermano Azuguahe, que era un buen soldado, desbarató a Echentive y le obligó a pedir la paz, haciéndose dueño de las condiciones. No obstante, se podría creer que Echentive quedó satisfecho de dejar a su rival falto de brazo como él mismo lo estaba y que tendría el maligno placer de oír que el pedazo de cielo Mayantigo era llamado brazo cortado o Mayantigo Aganeye.

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Un tiempo después hubo otro conflicto famoso entre Atogmatoma, príncipe de Hiscaguan y Tanausú, su sobrino, soberano del territorio de Aceró, cuyos estados invadió Atogmatoma con doscientos hombres escogidos, creyendo sorprenderlos. Pero se engañó, porque Tanausú había prevenido el golpe con tanto pulso y apostado su gente tan ventajosamente en los desfiladeros, que Atogmatoma no pudo forzarlos y se retiró con confusión (sin haber sacado fruto de la campaña).

En verdad que aquel príncipe tenía mucha más gente que Tanausú pero los estados de éste eran por naturaleza inexpugnables; así, solicitó vivamente la alianza de otros príncipes y consiguió que Bidiesta y Timaba le enviasen un socorro considerable de gente, con la cual, engrosado su ejército, volvió a tentar la entrada de Aceró. Tanausú no pudo rechazar este segundo ataque de sus enemigos con la facilidad de antes; así, desalojando el campo que ocupaba, determinó retirarse con toda su tropa a otro puesto más ventajoso, donde se fortificó de manera que los enemigos perdieron muchos hombres intentando embestirlo. Pero como a cada instante les llegaba a éstos gente de refresco y Tanausú temía mucho esta superioridad, abandonó todo el país de Aceró y se apostó con sus tropas en el roque de Behenauno. Este sitio le facilitaba la comunicación con otros príncipes amigos, quienes en efecto le socorrieron.

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Tamanca fue el primero que se le unió con un destacamento y le dio aviso del ejército auxiliar que venía atrás; pero atogmatoma no era jefe que se descuidaba, y puso ciento cincuenta hombres en emboscada en una parte del monte por donde debía pasar el socorro. La estratagema no fue infecunda, porque la tropa de los aborígenes, conducida por el célebre Mayantigo, viéndose atacada por el flanco, fue rota, desordenada y puesta a la fuga. Su padre, Aganeje, que era un venerable anciano y amaba la milicia, fue hecho prisionero en esta acción; y este accidente, que parecía funesto, conservó a Tanausú una parte del socorro que ya contaba por perdido porque Mayantigo y su hermano Azucuahe, peleando entonces por la libertad de su padre como unos leones, dieron muerte a un sinfín de enemigos; rehicieron su gente y quedaron dueños del campo de batalla.

Unido este socorro al ejército de Tanausú, se bajó a las llanuras de Aridane y presentó batalla a Atogmatoma. Éste la perdió y huyó precipitadamente a Hicaguan. El general, picado y victorioso le fue acosando de manera que le hubiera quitado la vida, si una hija de Atogmatoma de buena figura no le hubiese salido al paso con muchas lágrimas, a pedirle por la vida de su padre. Esta mediación era muy poderosa para que fuese desatendida; así Atogmatoma vivió y dio su hija en casamiento al valeroso Mayantigo.

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ACERINA

La tradición oral palmera habla de la leyenda de Acerina. En ella, el mencey o príncipe de Aceró, Tanausú, y el de Aridane, Mayantigo luchan por el amor de la doncella Acerina “la más hermosa doncella de La Palma, negros sus ojos como una sima en la que abismarse, sus labios ascuas donde avivar el fuego”.

Acerina detiene el duelo entre los amantes: “En uno de los dos está mi vida y no tienen ningún derecho sobre ella. Juren ante el Idafe que nunca ninguno volverá a empuñar el tafrique contra el otro”. Ante el roque sagrado para los aborígenes palmeros, situado en el interior de la Caldera de Taburiente, lugar de ofrendas y sacrificios, los amantes juraron acatar la decisión de la doncella y ella juró ante el Idafe que entregaba su amor a Tanausú.

Esta leyenda se sitúa durante los años de la conquista castellana a la isla de La Palma en 1493, bajo el mando de Alonso Fernández de Lugo.

CONQUISTA DE LA ISLA DE LA PALMA

El primer príncipe de los doce soberanos de La Palma que se halló con el enemigo encima fue Mayantigo, señor de Aridane que comprendía a Tazacorte y se extendía desde los llanos hasta las cuevas de Amartihuya o de Herrera. Luego que el general fortificó su campo, en donde solo dejó una guarnición de treinta hombres, marchó con mucho orden tierra adentro; pero esta maniobra era inútil, por la rara mansedumbre y serenidad de ánimo con que los palmeros los recibían por aquella comarca occidental. Este buen tratamiento se debía a la paz que cultivaban con los españoles del Hierro, cuyas ventajas habían hallado conforme a los intereses comunes; y por eso, apenas entendió Mayantigo las proposiciones que de la parte de Alonso de Lugo se les hacían, las admitió. Éstas contenían cuatro artículos:
1) Que habría paz, unión y amistad entre españoles y palmenses;
2) Que Mayantigo reconocería la grandeza de los Reyes Católicos y les obedecería en todo como inferior, pero que conservaría la dignidad de príncipe y el gobierno del territorio de Aridane;
3) Que tanto él como sus vasallos abrazarían la religión cristiana;
4) Que se les guardaría las mismas libertades y franquicias que a los vasallos españoles.

Y como el general Lugo había hecho acompañar esta capitulación de algunos regalos, agasajos y promesas, se dieron prisa en ser comprendidos en ella los siguientes príncipes: Echedey, soberano de tihuya en Tacaude; Tamauca, soberano de Guehevey; Echentive y Azucuahé, de Ahenguareme. De modo que visitando Alonso de Lugo estos ásperos cantones, los conquistaba.

No fue así cuando se avanzó al de Tigalate, donde los príncipes Jariguo y Garehagua, cuyo país se extendía desde Mazo hasta la Breña Baja. Se lisonjeaba el general de poder ganarles como a los otros usando de maña y sobornándolos con presentes y bagatelas; pero viendo que todo era inútil, dispuso atacarlos en los mismos puestos donde se habían atrincherado. Los guanches, que no esperaban este ataque, se fueron retirando hasta el fuerte de Timibucar no sin la pérdida de muchos hombres, entre muertos, heridos y prisioneros; de manera que los que se salvaron se refugiaron en la otra parte de los montes, hacia el Noreste de la isla, desde donde formando algunos cuerpos ligeros, incomodaban a los españoles y echaban a rodar sobre ellos piedras y troncos gigantes.

Las poderosas guerras de Lugo iban haciendo grandes progresos en la conquista de la isla, y antes de que entrase en el descanso de invierno en sus cuarteles de Tazacorte, ya le habían rendido obediencia los siguientes menceyes: Bentaicase, soberano de Tedote, donde está hoy la capital de la isla; Atabara, soberano de Tenagua (en Puntallana); Bidiesta, soberano de Adelayamen (los Sauces); Timaba, soberano de Tagaragre (Barlovento); Bediesta, soberano de Galguen (Garafía); Atogmatoma, soberano de Hiscaguan (Tijarafe) de modo que solo quedaba por dominar Tanausú, soberano de Aceró (actual Caldera de Taburiente, que limita con Garafía), príncipe valeroso, cuyos terrenos eran los más fuertes e indominables de la isla.

MAPA ISLA

Las leyendas hablan de un terreno de especial dureza y de los grandes problemas que se encontró Aloso Fernández de Lugo cuando quiso dominarlos. Aceró es una vasta caldera formada por una cordillera de cerros escarpados cuyas laderas terminan en un fondo de dos leguas de diámetro, todas vestidas de palmas, dragos, pinos, laureles, retamas, etc. Este fondo consta solamente de una corta llanura de veinticuatro yugadas, que los palmenses llamaban Tabuventa (hoy Taburiente). Para entrar en esta caldera sólo hay dos pasos, ambos difíciles. Uno es el barranco, por donde descarga un arroyo con suma rapidez, y el otro, el más trillado, se llamaba Adamacansis. En el interior del sitio nacen diversas fuentes que, uniéndose entre sí, forman un riachuelo, precipitándose luego al barranco donde toma el nombre que los naturales llamaban Axerjo, que quiere decir gran torrente de agua.

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Después de que el general hiciera descansar sus tropas durante el invierno y llegaros los primeros días de la primavera de 1492, se avanzó hacia los territorios del Mencey Tanausú, sabiendo que sin reducir a su obediencia este orgulloso guanche serían inútiles todos los buenos sucesos de la campaña anterior. Pero cuando llegó a los confines de la Caldera, ya Tanausú había ocupado el paso de Adamacasis, resuelto a disputarle hasta el último trance, a la cabeza de sus mejores guerreros.

Aunque Lugo mandó forzar el puesto, como los guanches se habían apostado ventajosamente en todas las alturas, fueron rechazados los españoles, y aún habrían experimentado una derrota irreparable si el general no hubiese tocado prontamente la retirada, abandonando a los palmenses el campo de acción.

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Al día siguiente volvió a la carga y tentó penetrar la Caldera por el paso de Axerjo, sabiendo que, como Tanausú lo concebía como inaccesible, no estaría lo suficientemente vigilado. Este proyecto, que tenía mucho de temerario, hubiera sido absolutamente imposible si los mismos naturales de los territorios no hubiesen asistido a Alonso de Lugo con su agilidad y experiencia. Estos guanches condujeron sobre sus hombros a los principales oficiales hasta más de dos tiros de fusil, por cuyo motivo se llamó desde entonces aquel estrecho el “Paso del Capitán”. Pero cuando Tanausú se dio cuenta del movimiento de su enemigo, procuró oponerse a su marcha sin pérdida de tiempo, y apostándose en un lugar importante, lo defendió con tanta firmeza y buen ánimo que los españoles no pudieron hacerle perder un palmo de terreno en todo el día.

Era sabido que aquel intrépido mencey había jurado solemnemente no rendirse jamás a los españoles, y prueba de ello fue la orden que dio aquella noche, de modo que todos los ancianos, enfermos, niños y mujeres se retirasen para más seguridad a las cumbres de los montes vecinos y se metieran en sus cuevas. Esta sabia orden tuvo la desgracia de que debido al rigor del frío se helaran muchas de aquellas personas, naturalmente delicadas, por lo que los palmenses, en memoria del funesto acontecimieto, llamaron dicha cumbre Aisonragan, que quiere decir lugar donde se helaron las gentes.

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Viendo pues el general Lugo que sus tropas iban perdiendo los ánimos en la lucha entre tan arduos y horribles precipicios, y que los isleños se mostraban cada día más bravos y seguros, decidió negociar, método al que debía la conquista del resto de la isla, y determinó despachar un mensajero que tenía las mejores cualidades. Envió a Juan de La Palma, un isleño que desde hacía seis meses acompañaba a los conquistadores, ya que habiendo sido bautizado, les servía de intérprete e incluso de espía de cuanto sucedía en la isla. Además, se daba otra circunstancia en la persona de Juan de la Palma, y es que era pariente muy cercano de Tanausú. Las condiciones de paz eran similares a las que habían ratificado los otros menceyes de la isla, esto es, reconocer a los Reyes Católicos, ser conservado en dignidad y posesiones y profesar el cristianismo. La única respuesta de Tanausú fue:
“Que ante todo evacuasen los españoles sus territorios…”

Sin cuyo preliminar no daría oídos a ninguna suerte de condiciones; que, luego que se hubiesen retirado, pasría con sus fieles al término de Aridane, y acampando en la Fuente del Pino, se reuniría con Alonso de Lugo y tratarían de la paz. De Lugo, no pudiendo conservar sus tropas en los desfiladeros de Aceró, quiso dar a Tanausú una prueba de sinceridad de intenciones, desalojando aquel paraje y marchándose con sus tropas a Aridane. Pero quedó pensando Alonso de Lugo que el guanche no obraba de buena fe y que al ver desocupados sus territorios faltaría a su palabra.

Así, amaneció el día 3 de Mayo, y observando el general que los guanches no aparecían al encuentro, formó con el resto de sus tropas en columna y volvió a la Caldera. Pero a pocas horas de marcha encontró a los nativos que se acercaban muy unidos. Estos andaban dudado de la honestidad de los españoles, y así, recelando de alguna jugarreta, Ugranfir, lugarteniente de Tanausú le comentó: “Consulta, oh Tanausú, lo que más te conviene; esta gente no trae consigo ningún indicio de amistad”. A lo que el Mencey respondió que no debía tener el menor sobresalto, pues bien sabía que no habían venido hasta allí sino bajo la seguridad de que Alonso de Lugo era un hombre noble que cumplía con fidelidad sus promesas. Sin embargo, el guanche se equivocó.

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Es verdad que Alonso de Lugo no tenía motivo suficiente de dudar de las buenas intenciones de Tanausú pero le temía demasiado, y sabía que en el recito de sus territorios sería invencible. Por tanto, deseando aprovechar la ocasión de atacarle en aquella llanura, animó a sus vasallos de manera que, así que llegaron los palmenses, fueran embestidos a tiro de fusil. El combate estuvo algunos minutos indeciso, hasta que habiendo sobrevenido de refresco el cuerpo de españoles que estaba en la emboscada de Adamacansis, experimentaron los isleños una considerable derrota. Tanausú fue hecho prisionero después de haber visto caer muertos a su lado a todos sus mejores ayudantes; y una victoria que vinculaba la isla de La Palma a la corona de Castilla.

El general Lugo acordó que para perpetua memoria del día en que sus armas habían conseguido tan ilustre suceso se llamase a la capital de la isla Santa Cruz, colocándola en lo que antes se llamaba Tedote, al Sureste de la isla.
Alonso de Lugo faltó sin duda a su palabra de honor, atacando al bravo Mencey Tanausú, cuando éste venía desapercibido a conferenciar con él sobre las paces ofrecidas; faltó a la fidelidad de los pactos cuando no quiso conservarle su digitad en el territorio de Aceró; y faltó al derecho, cuando lo aprisionó como a un cautivo más.

Tras la conquista se despachó una embarcación a España para que llevase las noticias a la corte, y entre los isleños cautivos enviaron a Tanausú. Se asegura que al poco de hallarse en el barco, el mencey pronunció la frase Vacaguaré que significa “quiero morir. Durante la larga travesía se negó a probar alimento y no dijo jamás nada más que aquel terrible deseo, Vacaguaré, siendo el mar su tumba.

Conociendo el terrible destino del mencey, Acerina quiso compartir el destino de su amado y pidió a Mayantigo que la encerrara en una de las múltiples cuevas que los aborígenes guanches utilizaban como tumbas. Allí, arropada con pieles de cabra, leche y miel terminó su vida, pero no la leyenda.
Se dice, según algunos relatos, que Mayantigo esperó a que la princesa muriera para encerrarse él también en aquella cueva y cumplir los augurios de los adivinos que predecían que Mayantigo y Acerina compartirían un hogar.

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